Un entierro recuerda otros entierros. Es como no tener tiempo ni espacio en el corazón y la cabeza para reconocer la partida simultanea de tantos personajes de nuestra historia y cotidianidad.
Aquí en Perú, no terminábamos de conmovernos del fallecimiento de un demócrata como lo fue Alberto Andrade, y llega como un golpe el cruel asesinato de una mujer querida y cercana al pueblo, como es Alicia Delgado.
Menos digerible fue recibir la noticia de la muerte de Michael Jackson , y la guerra perdida de Farah Fawcett ante el cáncer, ante tanto impacto sólo queda apelar al humor negro para digerir en algo tantas perdidas.
Cada anuncio seguido del otro, solo generaba incredulidad, pero a medida que pasan los días el duelo se hace espacio y empieza a sentir ausencia y pena.
Hasta hoy la vida pública de Alicia Delgado y su compañera Abencia Meza se ha manejado en el escándalo y la publicidad. Todos tienen algo que decir, porque en tanto han exhibido seductoramente su relación, perdieron la intimidad y por tanto el control sobre sus vidas. El tumulto y desorden durante su entierro era reflejo de lo caótica y violenta que era su relación en estos últimos meses. La gente gritando que Alicia le pertenece al pueblo y es ese pueblo quien la tiene que enterrar. Y es que el pueblo se asume dueño de lo que es público.
Una tras otra, cada uno generaba sentimientos propios: Alicia miedo y espanto, Michael Jackson incredulidad y sorpresa por una muerte tan “común” para quien se erigió casi como un Dios, Alberto Andrade respeto y vacio, Farah Fawcett recuerdo de adolescencia, que te restregan en la cara que la belleza y juventud son solo parte de una etapa.
Cada uno de ellos merece una mención aparte, mucho queda por decir.