Empatía, Maternidad y Psicoanálisis

dia de la madre

Por Verónica Franco M.

Hace dos años asistí a un seminario de Filosofía de la Mente. Ahí se habló muchas veces acerca de la “empatía”. Ésta se entiende, a nivel filosófico, como el reconocimiento cognitivo de los estados mentales del otro. Su contraparte, el reconocimiento afectivo, es la simpatía. Desde un comienzo, y por una cuestión de costumbre, me pareció sumamente confuso el uso de estos dos conceptos porque “empatía” en el lenguaje común se refiere al reconocimiento de estados mentales del otro desde el punto de vista cognitivo y afectivo. La simpatía es entendida como una inclinación afectiva hacia algo o alguien, o como una característica de la personalidad.

El psicoanálisis plantea un concepto más sencillo: ser “empático” es ser capaz de pensar que existe un “otro” y que ese “otro” siente como nosotros. Melanie Klein fue una de las autoras fundamentales en el tema de desarrollo temprano. Klein plantea que el bebé al nacer viene con una ansiedad instintiva hacia la muerte. La muerte para el bebé no existe como para el adulto. “Muerte” para él significa la “no continuidad” (la interrupción de su vida). Esta “muerte” se manifiesta dentro del bebé en forma de fantasías. Por ejemplo, cuando el bebé siente la sensación de hambre, ésta es a la vez física y psíquica. El bebé siente un vacío en el estómago que, psíquica y físicamente, le es intolerable. Es ahí donde surgen las ansiedades porque toma esta situación como una amenaza terrible, no logra entender lo que le pasa.

Además de la noción kleiniana del mundo interior del bebé descrita anteriormente, Klein explica el desarrollo temprano a través de “posiciones” . Así, plantea que un bebé al nacer se encuentra en la posición “esquizo-paranoide”. Ésta se caracteriza porque el bebé posee un yo desintegrado, es decir, no reconoce el no-yo ni la realidad externa como tal, solo vive de sensaciones y toma las situaciones de la realidad externa como perturbaciones porque no puede identificarlas todavía y no tiene la fuerza suficiente para defenderse de ellas. El bebé en posición esquizo-paranoide se caracteriza además por manejar su angustia (de separación de la madre, de necesidad de alimento no satisfecha, etc) a través de mecanismos de defensa primarios tales como la escisión . Asimismo, Klein describe al bebé recién nacido como totalmente narcisista sin noción del “otro”. El bebé piensa que sólo existe él y que es el centro del mundo. Es más, el bebé llega a pensar que su madre es una extensión de él mismo (dentro de su fantasía).

Conforme pasa el tiempo, el bebé va integrando su yo progresivamente gracias a su capacidad evolutiva innata. Así, a los 6 meses de edad aproximadamente, la relación con la madre ha adquirido una diferenciación suficiente como para que el bebé la identifique como un “otro”. Aquí surge otro fenómeno dentro del desarrollo infantil, el bebé introyecta a su madre como persona total. Cuando esta introyección se realiza de manera efectiva y en grado suficiente, el bebé se coloca en la segunda posición del desarrollo infantil, la posición depresiva .

Klein señala que la posición depresiva se caracteriza por el desvanecimiento progresivo de la escisión y la aparición de la ambivalencia, es decir, sentimientos buenos y malos hacia una misma persona (persona total). Las pulsiones destructivas del bebé (momentos de inquietud, movimientos o gestos instintivos, etc) disminuyen pero son tomados como ataques a la persona amada (madre). Es así como surge la angustia de pérdida de la persona amada como consecuencia de dichas pulsiones. Esta angustia crea en el bebé la necesidad de reparar el daño hecho, es decir, crea la culpa sana y el correspondiente control no patológico de las pulsiones agresivas. Por otro lado, la omnipotencia del bebé (narcisismo primario) va disminuyendo a medida que éste comprueba que la persona amada no se irá y desarrolla un nivel de confianza en su capacidad de reparación. De esta manera el bebé se da cuenta que, a pesar de sus momentos de inquietud en los cuales agrede a su madre, es capaz de reparar el daño hecho sin perderla. Surge en este punto un primer reconocimiento de la realidad interna y externa, donde el bebé experimenta la frustración pero descubre al mismo tiempo la reparación, lo que lo llevará a una relación más segura con su entorno y con él mismo.

Según Klein, todo lo antes descrito pasa en la mente del bebé a nivel de fantasía, es decir, es en su mente donde agrede a su madre, es en su mente donde repara el daño hecho y así sucesivamente, a través de sus fantasías, va tomando contacto con la realidad externa y formando la interna.

Es aquí donde considero que lo planteado por Donald Winnicott completa la idea kleiniana acerca de la posición depresiva. En términos generales, Winnicott discrepó en dos aspectos con Klein: el papel de la madre en el desarrollo y el papel del ambiente. Así, Winnicott plantea como principal medio de contacto con la realidad a la madre y su cuidado eficaz. Mientras que Klein se queda al nivel de la fantasía, Winnicott habla concretamente de personas y aspectos reales, de un contacto real con el mundo. Respecto al papel del ambiente, señala que es la madre quién protege al bebé de un ambiente agresivo (perturbaciones) y es ella también la encargada de preparar dicho ambiente, de tal manera que éste se adapte a las necesidades del bebé (por ejemplo, si el bebé duerme, cuidar que no haya ruido o situaciones que puedan perturbar su sueño).

En esta etapa, a los seis meses de edad, el bebé está preparado para llegar a la posición depresiva. Al momento en que el bebé considera a su madre como un “otro”, se comienza a instaurar la empatía. Ahora, basándome en Winnicott y en el papel central de la madre, yo distingo tres situaciones básicas de instauración de la empatía: una ideal (buena instauración) y las otras dos vendrían a ser extremos (mala instauración).

La situación ideal sería un bebé en posición depresiva con una madre que recibe y acoge sus pulsiones agresivas (golpes, llantos, jalones de pelo, etc y además¸ fantasías destructivas) con afecto. Esas respuestas positivas de la madre harán que el bebé vaya creando la idea de “daño” en su mente. Así, de manera natural e instintiva, irá desarrollando su capacidad de reparación y tratará de responsabilizarse por el daño hecho y de repararlo. Nuevamente la madre entra a tallar en este punto ya que si recibe positivamente el intento de reparación de su bebé, éste se dará cuenta que no perdió a su madre por su agresión y que puede guardar la esperanza de reparar el daño hecho. Como se mencionó anteriormente, esto le dará seguridad con respecto al ambiente y a las personas que ama. Más adelante, en el desarrollo evolutivo posterior, esta madre de respuesta positiva se convertirá en el resto de personas y ese bebé se convertirá en un niño y, después, en un adulto seguro de sus afectos, conciente de su responsabilidad respecto a sus agresiones y podrá controlar sus pulsiones agresivas para evitar dañar al otro. Es decir, se convertirá en un niño y, después, en un adulto que piensa y toma en cuenta al otro.

En mi opinión, la situación descrita anteriormente marca un equilibrio en la línea de la instauración de la empatía en el ser humano. Como lo mencioné párrafos más arriba, es la situación ideal. Pero ¿qué pasa cuando la madre no se comporta idealmente?. Yo distingo dos situaciones. La primera vendría a ser cuando la madre no reacciona antes las agresiones involuntarias del bebé. Es así que éste no recibe esta primera noción de estar haciendo daño al otro. Una madre para la que todo está bien y nunca muestra molestia alguna, lo único que le está diciendo a su bebé es que la agresión está bien, que ésta no molesta, no daña. Es más, está transmitiendo la idea que esos actos no son agresivos y los pone al nivel de los gestos de afecto positivo. Así, este bebé se convertirá en un niño con actitudes primarias, es decir, comunicará situaciones y sentimientos de manera agresiva. Probablemente, en etapas más avanzadas del desarrollo podrá reconocer cognitivamente lo que siente el otro, sin embargo, no tendrá un reconocimiento afectivo de la situación, por lo tanto, la responsabilidad no estará presente. Partamos de la idea que el hecho de pensar en el otro es un logro evolutivo que no sólo desarrolla la capacidad de reparación sino que controla los impulsos agresivos. Un niño agresivo que no piensa en el otro se convertirá en un adulto agresivo y, en ambos casos, tenemos personas que no han alcanzado un desarrollo elaborado de esta etapa.

La segunda situación vendría a ser la madre que devuelve una respuesta pero negativa. Aquí tenemos a aquellas madres que devuelven un grito, una agresión física igual o parecida, una mirada de rabia, un movimiento brusco, etc. A diferencia de la situación anterior donde no se instaura en el bebé una noción de responsabilidad por el daño causado, aquí se instaura una noción exagerada de esta responsabilidad y el bebé asume una culpa que con el tiempo, se convertirá en un sentimiento de culpa patológico. De esto se desprende una o más reacciones patológicas tal como la necesidad compulsiva de reparar el daño causado por una exagerada angustia de pérdida de la persona amada. En etapas más avanzadas del desarrollo se observará un niño sobreadaptado a los deseos de su madre para no “decepcionarla” y no perder su cariño, y en la adultez, la persona mostrará sobreadaptación frente a sus afectos significativos para evitar “agredirlos”. Este último caso sería una deformación de lo que es la empatía. Considero que la empatía es pensar en el otro pero sin dejar de lado nuestra individualidad. El sacrificio (dígase altruismo) debe estar presente pero en tal grado que no se convierta en una autoagresión.

He querido describir estos tres casos porque me parecen muy comunes en la vida diaria. Al menos en mi experiencia y en mi contacto con otros, he podido identificar personas en alguno de estos tres casos.

Considero que pueden darse situaciones intermedias pero he querido tomar estos extremos, además de la situación ideal, para ilustrar el tema desde el punto de vista psicoanalítico. Fuera de lo planteado por los autores psicoanalíticos citados (sobre todo por Winnicott) considero de vital importancia el papel materno en la instauración de la empatía. Cabe resaltar que una madre no empática jamás podrá instaurar esta cualidad en su bebé. Es así que para que un bebé tenga un desarrollo dentro de los límites normales, hace falta una madre “sana” mentalmente, con capacidad de proveer un buen cuidado materno y sobre todo, con una gran capacidad para dar un amor eficaz.

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