Por Camilo Torres
Quienes han frecuentando alguna vez la mitología clásica no habrán olvidado el drama de Electra, enemiga de Clitemnestra, su propia madre. Clitemnestra con la ayuda de su amante Egisto mata a su esposo, y padre de Electra, el rey Agamenón; usurpa el trono; reduce a su hija a la condición de casi esclava y destierra a su hijo Orestes. Cuando alcanza la adultez Orestes retorna a la patria, rescata a su hermana Electra y ambos matan a Egisto. Luego, estremecidos por la duda y el deseo de venganza, asesinan a su madre. Un acto justiciero y sacrílego al mismo tiempo que desatará la atroz venganza de las diosas Erinias contra Orestes. (Quien quiera conocer el final de la historia lea la trilogía de Eurípides, durante varios siglos un “best-seller”).
Temor hecho mito
Los griegos no tejían mitos inocentes. Este de la hija contra la madre puede ser leído como la expresión cifrada de temores y deseos secretos que atraviesan el mundo de la intimidad. Sobre esto y sobre cómo el destino de Eva Bracamonte Fefer ha despertado complejas reacciones en el público, conversamos con la doctora Carmen Valenzuela Alvarado. Ella es directora del Centro de Investigación y Atención en Psicoterapia Latinoamericano (Ciapla).
Pornografía de las emociones
La doctora Valenzuela Alvarado considera que este caso policial ha recibido tanta atención porque “ha desnudado, casi pornográficamente, las relaciones complejas entre madre e hija, con los conflictos inherentes a ese tipo de relación que estamos acostumbrados a velar”. Afirma que entre madres e hijas se libra “una batalla interminable”. “De manera inconsciente hemos proyectado en Myriam-Eva las agresiones que tanto madres como hijas no quieren asumir conscientemente.
¿Figura idealizada?
En su obra “Madre, virgen, puta” la psicoanalista argentina Estela Welldon cuestiona la idealización de la figura materna. Nos recuerda que en la década de 1970 no se concebía que una madre pudiera ser culpable de maltrato contra sus propios hijos, ni siquiera los médicos que los atendían eran capaces de aceptarlo: según el prejuicio generalizado, un niño podía ser torturado por una mujer pero nunca por su madre. El Caso Fefer habría actualizado la necesidad de graficar a la madre víctima y la hija victimaria, una Electra contemporánea.
Un joven Orestes
No solo tenemos a una hija contra su madre sino que el denunciante es nada menos que el hermano. ¿Qué pasa cuando el personaje de Orestes toma partido por la madre, contra su hermana?
“En la figura del hermano contra la hermana —explica la doctora Valenzuela— podríamos leer un proceso de idealización de la imagen materna, lo que exige la negación de sus aspectos negativos. Estos son redirigidos —por un mecanismo de desplazamiento— hacia la figura más próxima a la madre, que puede ser la hermana”.
Un tema mórbidamente tratado ha sido el hecho de que ambos hermanos sean homosexuales. Esto es frecuente pero por lo general solo uno de los hermanos hace pública su opción sexual mientras el otro la mantiene en secreto, sin atreverse a asumirla, dice Carmen Valenzuela. “La sociedad percibe que la sexualidad de estos jóvenes está asociada a la presencia o ausencia de sus padres. Es prematuro hablar de una opción sexual libre en el caso de Eva, porque su relación con Liliana Castro puede deberse a la necesidad natural, en un momento de crisis, de asegurar la presencia y el apoyo emocional de alguien a quien ella ha percibido tan fuerte como su propia madre”.
Culpable por no llorar
Durante los primeros días en que la curiosidad del público se dirigió a Eva Bracamonte, se reiteró una extraña acusación: “Eva no lloró”. Esto despertó sospechas propias de la superstición y las buenas costumbres, y no de argumentos legales, que ya se habían enunciado en el caso de Abencia Meza, quien tampoco dio públicas muestras de dolor en el entierro de Alicia Delgado.
De acuerdo con Valenzuela Alvarado: “Hay una persecución social por no cumplir el ritual de llorar ante la pérdida. Esta persecución ignora dos mecanismos muy comunes y moralmente legítimos, la negación y la postergación del duelo. Muchas veces, ante una situación extrema te disocias emocionalmente de lo que ocurre: no lloras porque la madre aún no ha muerto. O para sobrevivir ante lo terrible apelas a un duelo postergado: te aferras a la rabia para no afrontar la pérdida. Así, simbólicamente, el muerto sigue vivo”. Recordemos uno de los pasajes finales de “El extranjero”, de Albert Camus. A punto de ser guillotinado, el protagonista dice: “Desde el fondo de mi porvenir, durante toda esta vida absurda que había llevado, un hálito oscuro subía hasta mí a través de los años que aún no habían llegado. [] ¿Qué importaba la muerte de los otros? ¿Qué importaba si acusado de asesinato me ejecutaban por no haber llorado en el entierro de mi madre?”
Víctima de nuestros complejos
Cabe sospechar que todos aquellos que alguna vez quisieron matar a sus padres han proyectado en la figura de Eva esa culpa intolerable que no pueden asumir conscientemente. Concluye la doctora Valenzuela: “Creo que, ya sea culpable o inocente, Eva Bracamonte ha sido víctima de nuestros complejos velados”.
Los nombres Myriam-Eva
La doctora Carmen Valenzuela Alvarado hace un interesante paralelo entre los nombres de la madre y la hija del Caso Fefer:
“Recordemos el valor simbólico de los nombres de las protagonistas: Myriam, el nombre de la madre asesinada, viene de María y es la pureza, la maternidad glorificada, la madre de Dios; mientras que el nombre de Eva, la hija acusada, es el cálculo, el instrumento del demonio, la corrupción que nos expulsa del paraíso”.
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